Y cada vez que cierro los ojos siento ese dolor desgarrador
y humillante que prensó mi corazón para siempre.
No encuentro la forma de evitar que la cautela preceda cada paso, temerosa de recibir otra herida penetrante y expuesta.
El pesar acecha, hostiga, a veces petrifica.
Tu tibieza petulante me enerva.