Es cierto: quizás no era feliz. Pero esa vida de porcelana y terciopelo que evidentemente existía sólo en mi imaginario era, en ese momento, mi realidad. Tenía sus vicios y tristezas, sin dudas. Pero en general era buena. De cierto modo la extraño. No es que quiera volver a esa vida. No quiero. Es más: me resulta imposible. Cuando uno finalmente sale a la luz después de haber pasado largo rato en la oscuridad, una vez que los ojos se acostumbran al fulgor, no se puede volver al estado primitivo. Es impensable el retroceso. El poder de negación debería ser inmenso, infinito, para proscribir la claridad y cerrar los ojos de nuevo. Los míos ya no quieren cerrarse. Conocen la verdad y ahora no pueden dejar de mirarla de frente.